miércoles, 25 de julio de 2012

Rapto


Virgen sin ojos, luna abandonada,
témpano de desnudez a la luz de los astros;
a la luz quieta y cortante de la muerte,
translúcido cuerpo aterido de espanto.

En el bosque oscuro de los hombres callados,
yo velo, te espero con los brazos en cruz.
Un puño se cierra con la angustia en mi pecho
y siento que vives, que esta ausencia eres tú.

La noche es un mecanismo de manos que se enlazan
o manos que se acercan y no llegan a tocarse,
de manos que crispa la luna, electrizada
por la atención obsesionante de un círculo de estatuas.

¡Oh virgen , virgen loca, virgen ciega,
virgen de la poesía que sólo ve hacia dentro,
misterioso delirio, te siento como un ansia
de agua viva en la raíz que la música conmueve!

Mide mi amor por la desesperación de que un hombre es capaz;
mide mi nostalgia por la lentitud de las mareas de la angustia;
mídeme como yo mido esta espera,
por la exasperación de la mano que resbala sobre un cuerpo desnudo.

Tendida entre los árboles monstruosos de la fiebre,
con relámpagos blancos, tiembla la carne muerta;
la luna delira hundida en una estatua
con los párpados bajos cubiertos de yedra.

El cielo es un círculo de gritos detenidos
que ilumina la súbita luz del espanto;
el cielo es el vacío de un éxtasis redondo
girando alrededor de un culminante asombro.

Me seducen, me devoran los ojos de la locura,
bellos como el peligro, como el abismo,
como el resplandor de la maldición en el rostro de un niño,
bellos como el grito sin sentido que embriaga.

Yo acecho escondido entre plantas de carne,
entre hombres dormidos, y flota en torno a ellos
un sueño denso y bajo cargado de inminencias,
todo un bosque poblado de deseos nocturnos.

Hay una respiración opaca y caliente jadeando,
un sordo soplo de potencia contenida:
silencio de acecho, silencio expectante
en el que laten, vertiginosos, los peligros.

Como el jaguar que tensa la curva de su salto
oculto en la noche que fosforece como un enorme ojo atento,
así te espero, ansío, corza blanca en lo oscuro,
así te acecho, virgen, en mi noche o misterio.

Te amo, te deseo con todos mis dientes y mis uñas,
te amo como un perro de vinagre sediento,
como el león, esa cólera seca
que, al rugir, se desgarra.

Mi espesura te oculta – ¡oh bella durmiente!–,
bella desconocida enamorada de la muerte.
Siento que respiras, siento
que una inmensa quietud me escucha en este bosque.

¡Oh clima de las altas fiebres exuberantes!
Marasmos y delirios de las aguas estancadas.
¡Oh el grito de la garza en el quieto del mediodía!
¡Oh el silencio de la garza
en la noche de alas lentas sobre los cañaverales!

¡Oh vértigos al fondo, y gritos a lo alto!
sofocado latir, y hundirse, y levantarse,
y sentir que en mí duerme un ser desconocido,
que mi angustia es tan sólo su respirar ahogado.

¡Libertad en el grito, puerta grande del ansia,
y en el vértigo mismo de un amor que devora!
Escucha siempre viva presencia misteriosa,
eres tú quien me duele con dientes apretados.

Eres tú lo que vive con alas cuando callo,
con manos impacientes cuando sufro,
eres tú, ser nocturno que siento
tan cerca que ya casi no sé quién soy yo.

¡Tan cerca! Y, sin embargo, te niegas obstinado
y eres sólo un anhelo escondido latiendo.
¡Oh noche sofocada, noche oscura y sin viento,
que apenas si un dolor vago ilumina!

Lucidez de la luna, lucidez de locura,
dije un día viéndote desnudo,
pero ahora te llamo porque me siento fuerte
para tu amor terrible y tu luz deslumbrante.

[Gabriel Celaya, 1935]

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