Virgen
sin ojos, luna abandonada,
témpano
de desnudez a la luz de los astros;
a la
luz quieta y cortante de la muerte,
translúcido
cuerpo aterido de espanto.
En el
bosque oscuro de los hombres callados,
yo velo,
te espero con los brazos en cruz.
Un puño
se cierra con la angustia en mi pecho
y siento
que vives, que esta ausencia eres tú.
La noche
es un mecanismo de manos que se enlazan
o manos
que se acercan y no llegan a tocarse,
de manos
que crispa la luna, electrizada
por la
atención obsesionante de un círculo de estatuas.
¡Oh
virgen , virgen loca, virgen ciega,
virgen de
la poesía que sólo ve hacia dentro,
misterioso
delirio, te siento como un ansia
de agua
viva en la raíz que la música conmueve!
Mide mi
amor por la desesperación de que un hombre es capaz;
mide mi
nostalgia por la lentitud de las mareas de la angustia;
mídeme como
yo mido esta espera,
por la
exasperación de la mano que resbala sobre un cuerpo desnudo.
Tendida
entre los árboles monstruosos de la fiebre,
con relámpagos
blancos, tiembla la carne muerta;
la luna
delira hundida en una estatua
con los
párpados bajos cubiertos de yedra.
El
cielo es un círculo de gritos detenidos
que ilumina
la súbita luz del espanto;
el cielo
es el vacío de un éxtasis redondo
girando
alrededor de un culminante asombro.
Me seducen,
me devoran los ojos de la locura,
bellos como
el peligro, como el abismo,
como el
resplandor de la maldición en el rostro de un niño,
bellos como
el grito sin sentido que embriaga.
Yo acecho
escondido entre plantas de carne,
entre hombres
dormidos, y flota en torno a ellos
un sueño
denso y bajo cargado de inminencias,
todo un
bosque poblado de deseos nocturnos.
Hay una
respiración opaca y caliente jadeando,
un sordo
soplo de potencia contenida:
silencio
de acecho, silencio expectante
en el
que laten, vertiginosos, los peligros.
Como el
jaguar que tensa la curva de su salto
oculto en
la noche que fosforece como un enorme ojo atento,
así te
espero, ansío, corza blanca en lo oscuro,
así te
acecho, virgen, en mi noche o misterio.
Te amo,
te deseo con todos mis dientes y mis uñas,
te amo
como un perro de vinagre sediento,
como el
león, esa cólera seca
que, al
rugir, se desgarra.
Mi espesura
te oculta – ¡oh bella durmiente!–,
bella desconocida
enamorada de la muerte.
Siento que
respiras, siento
que una
inmensa quietud me escucha en este bosque.
¡Oh
clima de las altas fiebres exuberantes!
Marasmos
y delirios de las aguas estancadas.
¡Oh el
grito de la garza en el quieto del mediodía!
¡Oh el
silencio de la garza
en la
noche de alas lentas sobre los cañaverales!
¡Oh vértigos
al fondo, y gritos a lo alto!
sofocado
latir, y hundirse, y levantarse,
y sentir
que en mí duerme un ser desconocido,
que mi
angustia es tan sólo su respirar ahogado.
¡Libertad
en el grito, puerta grande del ansia,
y en el
vértigo mismo de un amor que devora!
Escucha
siempre viva presencia misteriosa,
eres tú
quien me duele con dientes apretados.
Eres tú
lo que vive con alas cuando callo,
con manos
impacientes cuando sufro,
eres tú,
ser nocturno que siento
tan cerca
que ya casi no sé quién soy yo.
¡Tan
cerca! Y, sin embargo, te niegas obstinado
y eres
sólo un anhelo escondido latiendo.
¡Oh
noche sofocada, noche oscura y sin viento,
que apenas
si un dolor vago ilumina!
Lucidez
de la luna, lucidez de locura,
dije un
día viéndote desnudo,
pero ahora
te llamo porque me siento fuerte
para tu
amor terrible y tu luz deslumbrante.
[Gabriel
Celaya, 1935]

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